Anónimo granadino

Ecce Homo ( h. 1730-1740)

Escultura en madera policromada. 60 cm.

Chucena. Iglesia parroquial de Ntra. Sra. de la Estrella

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En la Sagrada Presentación de Jesús al pueblo se rememora plásticamente el relato evangélico en que Poncio Pilato presenta a Cristo, ya flagelado y coronado de espinas, al gentío desde el lithóstrotos. El gobernador de romano, con declamatoria actitud, dice: “Ahí tenéis al hombre” (Jn. 19, 5). El tema que nos ocupa es conocido en el arte cristiano a partir del siglo IV. Su difusión popular, en buena medida, se debe al teatro de los Misterios del siglo XV. De esta escena procede, con toda propiedad, la iconografía medieval del Ecce Homo[1].

Una sentida y conmovedora versión del referido asunto es este busto de Cristo, procedente del templo parroquial de Chucena. Hace pareja con una Dolorosa o Virgen de la Soledad. El modelo se repite insistentemente durante el momento barroco, pero con distingos y matices diferenciadores. Esas variantes le confieren el carácter de obras independientes.

Esta interpretación es bastante respetuosa con la tipología tradicional. Jesús, cubre la desnudez de su torso con una vistosa clámide roja. Cruza piadosamente las manos ante el pecho, sosteniendo entre ellas una caña de plata a modo de cetro. Su bello y angustiado rostro se dirige expectante hacia el cielo, reflejando en su expresión la invocación del salmo davídico: “Hacia ti, Señor Yahveh, miran mis ojos, !en ti me cobijo, no me desampares mi alma! Guárdame del lazo que me tienden, de la trampa de los malhechores”(Sal. 141). La cabellera, peinada con raya al centro, desciende sobre los hombros y espalda en onduladas guedejas. Su boca, entreabierta, queda enmarcada por bigotes y barba bífida. El ritmo descendente de las cejas, los brillantes ojos, la afilada nariz, los prominentes pómulos y las lívidas carnaciones refuerzan el carácter doliente del simulacro.

Como es preceptivo, ciñe sus sienes con la consabida corona de espinas, signo y símbolo de tribulación y pecado. Las ramas, según Santo Tomás de Aquino, recuerdan los pecados veniales y los arbustos los mortales[2]. Sobre su cabeza despuntan las tres potencias que, en la humanidad deshecha de Jesús, hacen presente la plenitud de gracia, de ciencia y de poder. Y la soga que pende de su cuello, una vez más, alude a la predicción profética: “Como cordero llevado al matadero, no abrió la boca” (Is. 53, 7).

El modelo iconográfico, la interpretación técnica y la expresiva emoción de esta pieza escultórica, que hace pendant con la citada Dolorosa, remiten a las obras granadinas de Pedro de Mena, José de Mora, José Risueño y Ruiz del Peral. Son, por tanto, acertadas ilustraciones plásticas de los textos pasionistas de nuestros místicos[3].

J.M.G.G

 


[1] HALL, J. : Diccionario de temas y símbolos artísticos, o.c., p. 261.

[2] FERGUSON, George: Signos y símbolos en el arte cristiano. Buenos Aires, 1956, p. 22.

[3] GONZÁLEZ GÓMEZ, Juan Miguel: “Virgen de la Soledad”. En Ave María. Córdoba, 2002, p. 108.