Anónimo
sevillano
Cristo
de la Humildad y Paciencia
(h. 1770-1800)
Escultura
en madera policromada. 100 cm.
Galaroza.
Iglesia parroquial de la Inmaculada Concepción.
Esta
imagen cristífera, sumamente devota y representativa de la piedad popular,
queda imbuida del espíritu propio de las postrimerías del Barroco sevillano.
Contrapone, pues, la heroica belleza y humilde actitud del Redentor con el
temperamento melancólico o saturnino, ya que el triste Saturno fue contemplado
así desde el mundo de la alquimia. El Cristo, sedente sobre una peña,
despojado ya de sus vestiduras, entrelaza sus manos y eleva su mirada en
esperanzada súplica al Padre Eterno, en los momentos previos a la crucifixión.
El tema , de origen medieval, procede del norte de Europa, donde gozó de una
gran aceptación. Posteriormente descendió hacia el sur, a tenor de las
exigencias devocionales y cultuales postridentinas[1].
Este
modelo difiere, por tanto, de la usual iconografía del Jesús de la Humildad y
Paciencia. En ella, Cristo apesadumbrado, en actitud reflexiva, apoya su cabeza
en una mano, mientras que la otra queda libre. El modelo fue consagrado por
Alberto Durero en sus grabados de la Pequeña y Gran Pasión (1510-1511),
aunque se había plasmado previamente en las iconografías germanas del Varón
de Dolores del siglo XV. Y se reitera en otra estampa del Museo Karlsruhe.
Se sabe, incluso, que este modelo iconográfico era bien conocido por los
imagineros sevillanos de los siglos XVI al XVIII. Que esto era así lo prueba la
existencia de un ejemplar del tratado De picturis et imaginibus sacris,
de Molano (Lovaina, 1570), que precisamente se ocupa del mencionado asunto
iconográfico, en la biblioteca del afamado escultor hispalense Andrés de
Ocampo[2].
La
efigie que nos ocupa, de evidente unción sagrada, constituye una certera alusión
a la kénosis de Cristo. Se hace eco, por consiguiente, del elocuente y
ajustado texto del salmista: “Yahveh, mi roca y mi baluarte, mi liberador, mi
Dios; la peña en que me amparo, mi escudo y fuerza de mi salvación, mi
ciudadela y mi refugio. Invoco a Yahveh, que es digno de alabanza y quedo a
salvo de mis enemigos” (Sal. 18). El cordón o soga que desciende desde
la base del cuello para atar sus muñecas, recuerda la predicción profética:
“Como cordero llevado al matadero, no abrió la boca” (Is. 53, 7). Y
su anatomía, al par dulce y rotunda, muestra claros efectos naturalistas en su
policromía, que alcanza intenso realismo en las llagas y contusiones de su
espalda flagelada[3].
Recibe culto en un retablo barroco, de estípites, de la segunda mitad del
Setecientos[4].
J.M.G.G.
[1]
GONZÁLEZ GÓMEZ, Juan Miguel: “Cuando Cristo pasa por Sevilla: Escultura,
iconografía y devoción”. En Sevilla Penitente, o.c., t. II. ps.
142-143.
[2]
BERNALES BALLESTEROS, Jorge: “La evolución del paso de misterio”. En Las
Cofradías de Sevilla. Historia, Antropología, Arte. Sevilla,
1985, ps. 85-86.
[3]
GONZÁLEZ GÓMEZ, Juan Miguel y RODA PEÑA, José: Imaginería
procesional de la Semana Santa de Sevilla. ps. 59-60.
[4]
OLIVER, Alberto; PLEGUEZUELO, Alfonso; SÁNCHEZ, José María: Guía Histórico-Artística
de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche. Huelva. Aracena, 2004, p.
166.