Juan
Martínez Montañés
(1568-1649)
La
Presentación de Jesús en el Templo
(1606)
Madera
dorada y policromada. 175 x 155 cm.
Moguer. Monasterio de Santa Clara
Este
bello relieve cristífero, en madera de cedro policromado, fue gubiado por Montañés
en 1606. La policromía, como se sabe, corrió a cargo de Francisco Pacheco. Tan
admirable y valiosa escultura, destrozada en 1936, fue recompuesta, bajo la
dirección del profesor Francisco Arquillo Torres en la Facultad de Bellas Artes
de la Universidad de Sevilla, en 1985[1].
Los
personajes de la escena se distribuyen en cerrado círculo alrededor de una
mesa, cubierta con tapete de rico damasco rojo y ancha fimbria alistada en oro.
En ella va a depositar el anciano Simeón al pequeño Jesús, acunado en sus
brazos, sobre blancos lienzos de sentido latréutico. El Niño Dios, de
serenidad olímpica, muestra su hermoso desnudo en equilibrado escorzo. El
sacerdote de largas barbas, viste los ornamentos sacerdotales que Moisés había
prescrito para majestad y esplendor de los hijos de Aarón (Ex. 28, 1-43;
Lev. 8, 1- 13). En la tiara hay una luna en cuarto menguante, símbolo
del Antiguo Testamento, que se retira y palidece con la aparición del “Sol
que nace de lo alto” (Lc. 1, 78).
María,
arrodillada ante la mesa, con rica indumentaria concepcionista, escucha
atentamente las profecías del anciano Simeón. Detrás aparece José, apuesto y
juvenil, con ropa de caminante, bastón y sombrero apretado sobre el pecho por
la mano derecha. En el último plano un mancebo porta el cirio que hace
referencia a las palabras del pontífice: “Luz para alumbrar a los
gentiles”, y a la litúrgica procesión de las candelas[2].
En
el flanco opuesto se postra una doncella destocada. Su amplia túnica, de
abigarrados pliegues, dulcifica su valiente escorzo. Sostiene entre las manos
una bandeja con la ofrenda de los pobres, dos palomas. De pie, con empaque de
gran matrona, está la profetisa Ana, que conversa con otra joven, de belleza
lisípea, glosándole los misterios que se verifican en aquel instante.
Esta
composición manierista, cristocéntrica, está concebida a modo de mandorla. Es
el antecedente inmediato del retablo mayor del monasterio de San Isidoro del
Campo, en Santiponce (Sevilla). En este relieve onubense se sientan las tesis
que serán desarrolladas con fecundidad en los de la Epifanía y Adoración de
los Pastores, del referido cenobio jerónimo. En efecto, el Niño Jesús, con
ligeras variantes, se repite en los tres relieves. Simeón nos recuerda al
Melchor de la Epifanía, y la figura juvenil de José reitera el mismo modelo de
ampulosa indumentaria. Los ropajes, por influjo de Rojas y Ocampo, se pliegan
minuciosamente, resaltando en el conjunto no sólo la calidad de los tejidos en
su táctil materialidad, la piel tersa y tostada, músculos, venas y tendones de
palpitante vitalidad, sino también toda la fuerza expresiva e ideológica de la
escultura sevillana. Y concluimos, conforme al parecer de Camón Aznar,
subrayando que dichas imágenes aúnan en sí mismas, por un lado, el ímpetu
sacral impuesto por la plástica de la divinidad; y por otro, la belleza corpórea
y la perfección formal de las estatuas griegas[3].
J.M.G.G.
[1]
GONZÁLEZ GÓMEZ, Juan Miguel: “El relieve de la Purificación, de la
antigua iglesia de San Francisco de Huelva, obra de Martínez Montañés”
en Actas del I Congreso de Conservación de Bienes Culturales.
Sevilla, 1976
[2]
GONZÁLEZ GÓMEZ, Juan Miguel y CARRASCO TERRIZA, Manuel Jesús: Escultura
Mariana Onubense. o.c., p. 167.
[3]
GONZÁLEZ GÓMEZ, Juan Miguel: La Navidad en las Artes Plásticas de
Huelva. o.c., ps. 116- 118