Anónimo sevillano

Niño de las Lágrimas (h. 1700-1750)

Escultura en madera policromada. 64 cm.

Moguer. Monasterio de Santa Clara.

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Esta efigie itinerante del pequeño Jesús es un bello ejemplo de Niño pasionario, conforme a las tradiciones medievales y a las visiones de la mística francesa Jeanne Paruced. La pierna derecha avanza mientras que la otra queda rezagada en delicado contrapposto. En la mano izquierda porta una larga cruz de plata dorada, -al igual que las potencias - en forma de rayos de sol- que adornan su testa[1].

El desnudo, sin líneas duras, está concebido con claro entendimiento de la redondez de sus volúmenes. El modelado armoniza las masas, logrando en el total una gran coherencia y suavidad de claroscuro. Las notas brillantes de las carnaciones son pinceladas que marcan el ritmo suavemente arqueado de la figura.

La cabeza, tímidamente inclinada hacia la derecha, muestra un hermoso rostro infantil, mirando al cielo con expresión llorosa, conseguida gracias a la inclinación angular de las cejas[2]. Ojos y lágrimas de cristal hacen más emotivas sus súplicas, y al resbalar por las mejillas aumentan la suavidad del óvalo de su cara. La melena de rizados mechones nos recuerda la técnica del barro por su soltura y dinamismo.

Tan deliciosa imagen es doblemente interesante por la contradicción que encierra. La tristeza sin fondo de sus grandes ojos parece incompatible con la plenitud y virtuosismo de las formas. Sus correctas facciones, su amplio y carnoso tórax y sus vigorosos hombros disienten de la debilidad de este Niño destinado a triunfar sobre la muerte. En Él se dan, a un tiempo, el dolor y el gozo, la muerte y la resurrección.

La autoría de esta obra se atribuye secularmente a Luisa Roldán, La Roldana; pero el simple hecho de su muerte, acaecida en 1704, le resta posibilidades. No obstante, la gracia y blandura de sus desnudo denuncian la técnica y sensibilidad propias de la primera mitad del Setecientos[3].

La iconografía de este Niño Jesús se define por dos rasgos sustanciales. En lo formal, por una fuerte dependencia de prototipos clásicos. En lo psicológico, por la insistencia en la tristeza y desamparo. Estos sentimientos escapan de la afligida y tierna mirada del Niño Dios que implora consuelo y ayuda. El Niño de las Lágrimas llega directamente al alma del pueblo, conmoviéndolo con su estilo apasionado y realista.

Con motivo de la presente exposición, el Niño de las Lágrimas ha sido restaurado en Sevilla por Miguel Bejarano Moreno. En dicho proceso se ha efectuado, tras la pertinente desinfección para eliminar el ataque de los xilófagos, el sellado de los orificios producidos por los mismos y el toque de policromía necesario para unificar el tono cromático general. Por último, se realizó la limpieza del rostro, manos y pies y la reposición de dos lágrimas cristalinas que le faltaban.

                                                                                                                                         J.M.G.G.



[1] GONZÁLEZ GÓMEZ, Juan Miguel: La Navidad en las Artes Plásticas de Huelva. o.c., p. 103

[2] SÁNCHEZ-MESA MARTÍN, Domingo: José Risueño. Escultor y pintor granadino. Granada, 1972. p. 177.

[3] GONZÁLEZ GÓMEZ, Juan Miguel: El Monasterio de Santa Clara de Moguer. Huelva, 1978. p. 95.