Anónimo flamenco

La Adoración de los Reyes (h. 1630-1640))

Óleo / cobre. 36 x 28,7 cm.

Ayamonte. Iglesia parroquial de Ntra. Sra. de las Angustias.  

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La Epifanía o adoración de los magos, reseñada sólo por Mateo, se rememora anualmente el 6 de enero (Mt. 2, 1-12). Este relato evangélico es algo impreciso. Omite el número y el nombre de los magos, así como la fecha y el lugar preciso de la adoración, que bien pudo ser Belén o Nazaret. Razón por la que los textos apócrifos facilitan abundante información sobre el particular (Protoevangelio de Santiago, cap. XXI; Pseudo Mateo, cap. XVI; y Evangelio árabe de la Infancia, cap. VII).

Los magos, poderosos y sabios astrólogos, guiados por una refulgente estrella llegan ante el Niño Dios. Obviamente, tan ilustres viajeros representan a los paganos. Por consiguiente, la Epifanía es la manifestación de Dios a los gentiles. En el arte sacro, estos personajes suelen aparecer como reyes a causa del siguiente pasaje bíblico: “Y los reyes de Tarsis y las islas le pagarán tributo, los reyes de Sabá, los de Arabia le traerán presentes. Le adorarán los reyes todos, los pueblos todos le estarán rendidos” (Sal. 71, 10-11).

Ante tal situación, el número de los magos ha sido fluctuante. Pero como los evangelios apócrifos coinciden en que fueron tres las ofrendas- oro, incienso y mirra-parece lógico que el número de regalos corresponda con el de donantes. De ahí que, en esta vistosa pintura, Melchor, Gaspar y Baltasar, así llamados por primera vez en el Liber Pontificalis de Rávena[1], presenten al pequeño Jesús sus valiosos regalos. El oro alude a la realeza de Cristo, el incienso es símbolo de su divinidad y la mirra indica que estaba destinado a morir por la redención de la humanidad[2].

En esta escena pictórica, perfectamente jerarquizada, María, sedente, expone con majestad al Niño Jesús ante los Reyes Magos. Personajes tan principales representan las tres edades del hombre y los caracteres étnicos europeos, asiáticos y africanos. Sus ricas y multicolores indumentarias, no exentas de matices orientales, acentúan la ambientación festiva y solemne del cortejo. Los detalles anecdóticos del mismo, el pormenorizado paisaje y el costumbrismo de la escena son propios del gusto flamenco de la primera mitad del siglo XVII, dentro de la corriente artística que mantuvieron en Amberes los seguidores e imitadores de Franz Francken II.

Por lo general, estos vistosos ejemplares forman parte de una serie de cobres, especialmente destinados al coleccionismo doméstico. Sus autores, de origen flamenco, cultivaron con gran aceptación de la clientela una pintura de carácter menor, de clara intencionalidad religiosa y decorativa[3]. Con relativa frecuencia, estas piezas pasaron a exornar ciertas iglesias y conventos por donaciones particulares de los propietarios.

                                                                                                                                         J.M.G.G.



[1] VORÁGINE, Santiago de la: La Leyenda Dorada, 1. Traducción del latín de fray José Manuel Macías. Madrid, 1984, p. 92.

[2] GONZÁLEZ GÓMEZ, Juan Miguel: La Navidad en las Artes Plásticas de Huelva. o.c., p. 98

[3] VALDIVIESO, Enrique: Historia de la pintura sevillana. Sevilla, 1986. p. 227.